Desde hace días me quedo dormida en el sofá. Y eso que el sofá no es nada cómodo. No sé, en la cama sólo hago que dar vueltas, vueltas y me pongo nerviosa. Muy nerviosa. Hasta le estoy cogiendo manía. Cuando me pasa eso, me trae muy malos recuerdos. Me niego a medicarme para dormir. Ya lo hice en su día por obligación médica, y no quiero que se vuelva a repetir. En cambio, en el sofá apago la luz con el único reflejo del televisor y ahí poco a poco voy cerrando los ojos...
Me niego tantas cosas, que acabo por necesitarlas más que nunca.
Sólo me ocurre ese día. Es curioso como me afectan los sábados por la tarde cuando no tengo planes, cuando no tengo que subir a Barcelona, o cuando no estoy con él. Por un motivo u otro siempre acabo triste, pensativa, y con una sensación de vacío oxidado. Pero ese es otro tema. La cuestión es que cuando me quedo sola en casa, sin nada que hacer, sin nada que ver, sin nada que escribir y con el pijama a cuestas, me da por ordenar lo que tengo en el armario. Más que ordenar, tener algo que hacer. Y más que hacer, llenar el vacío con algo. Y más que llenar ese vacío,... recordar. Sí, esa es la palabra. Pero es que el tiempo, la situación y la circunstancia me obligan a ello. Pero no me quejo. No, de eso no. Todavía, no.
Con una pequeña y simple luz que apenas iluminaba mi habitación he abierto el armario de las letras, de mis letras. Como por azar, he cogido una de las carpetas. Ni siquiera recordaba su interior. Mezclada con todos los apuntes de la universidad y lo que no es universidad la había olvidado por completo. Me siento en la cama y me apoyo contra la pared. Enciendo una vela blanca que tengo a mi izquierda. Todo está en silencio. Ni siquiera pongo música. Muy raro en mí, pero empiezo a recordar que hay en esa carpeta. Lo siento, ni siquiera el sonido de un piano merece ese momento. Optó por el silencio. Abro la carpeta y me invade un olor de dolor, de sufrimiento. Un dolor que jamás debería haber existido. Ahí están arrugados en el paso del tiempo, no en el recuerdo. Uno del 2001, otro del 2004. Las portadas vuelven a dejarme helada. Empiezo a leer…
El nudo en la garganta rompe a llorar.
Se nota que ya no dejan tinta, pero si huella. Desgraciadamente una huella imborrable, y un dolor insoportable e insuperable. No es justo. La vida a veces no es justa, y muy justa para quienes no se la merecen.
¿El por qué guardo los periódicos de aquellos fatídicos, tristes y dolorosos días? Por una simple y llana razón. Porque me lo debo a mi misma. Porque me marcaron. Porque en toda oscuridad siempre hay un pequeño rayo de luz. Por eso y porque...
Quiero que mis futuros hijos no tengan una venda en los ojos, y sepan el verdadero sentido de vida. Porque quiero que sepan que nada es de color de rosa, que la vida es dura, que el sufrimiento está sin que nadie lo invite, que la intolerancia pasea con nosotros y a nuestro lado, que el dolor nos acompaña en la soledad, que la injusticia se respira con sólo abrir lo ojos, que la vida es un sin fin de muertes…
Porque quiero que vivan la vida, que disfruten, que luchen por sus objetivos, que expriman cada segundo en cada minuto, que valoren lo que tienen, que sonrían, que lloren y, sobre todo, que no hagan daño ni causen dolor a los demás, que desgraciadamente, de eso ya se encarga la propia vida y los malnacidos que habitan en ella. Porque quiero que sean felices…
Quizá así algún día me puedan explicar lo que yo no he entendido, ni entiendo, ni entenderé, ni jamás encontraré una explicación.
“Es curioso como los seres humanos modificamos, que no cambiamos, la forma de ver la vida, la forma de sentir nuestra vida y la forma de aprovechar lo que esta vida nos depara. Nadie dijo que fuera fácil. Ahí está la clave. Y si encima el ser humano tiene la grandeza de poder descubrir el camino a seguir, el camino que le llevará a buen puerto, pues mucho mejor. Ya tiene medio camino recorrido. Pero no todos encuentran ese camino, y no todos avanzan en la dirección adecuada, que no la correcta. Palabra impuesta por los moralistas. El problema es que algunos se pierden o retroceden en la primera piedra que les bloquea el camino. Tiempo al tiempo. El mío viene ahora…” (Mi verdadero yo, Noelia)
Y ahora es cuando viene el balance. He tenido una semana diferente, complicada, que no dura. Y sobre todo pensativa en mis horas de sueño. Horas que no he dormido en mi lecho, que ni siquiera he dormido, y que sé que jamás recuperaré. Ya no. Pero ¿sabéis qué? No me siento perdida ni mucho menos bloqueada en el camino. Ahora no. Si encuentro una piedra estoy convencida que la saltaré dejándola atrás, junto con mi sombra. Si me pierdo, seguiré las señales. Y si no confío en las estrellas, me dejaré llevar por mis ojos, que me iluminan mucho más...
Dicen que según la que tengas eres de una manera u otra. No creo que tengan razón aunque…
En lo que a mí respecta, dicen que a mí me va que ‘ni pintá’. Vamos, que la gente no se extraña cuando me suena. Dicen que está hecha para mí. Lo cierto, es que creo que tienen razón. No sé, juzguen ustedes mismos…
Esta melodía me ha acompañado desde hace muchos años, prácticamente desde que tengo móvil, y ya forma parte de mi vida. No la pienso cambiar, ni quiero.
Me gusta...
Incluso dejo que suene toda la melodía mientras acompaño esta melodía con unos movimientos corporales. Claro, luego pasa lo que pasa, que muchos cuelgan, o les salta el contestador…Pero es que no lo puedo evitar.
Sólo hago que dar vueltas, con la tele encendida que sé que me duermo antes. Pero es imposible. No sé qué hacer. Llevo una hora en la cama y no sé cómo narices ponerme para que no me duela. Espero que me haga efecto la pastilla. Lo necesito. No es la primera vez que me pasa, ni será la última.
Tengo las cervicales que tienen una juerga impresionante. Las muy jodidas no me han invitado… En fin, os dejo esta canción.
Últimamente la escucho demasiado.
Y en SILENCIO. Y no es bueno. No quiero acostumbrarme a él...